Insomnio (el niño que no se duerme)

Los denominados trastornos del sueño son muy frecuentes en la infancia y de hecho pueden verse en niños desde muy pequeños. La mayoría no esconden ningún problema grave y muchos de ellos se pueden solucionar total o parcialmente con una serie de consejos prácticos. Uno de los más habituales es el insomnio o dificultad para dormirse.

El sueño no se produce de manera uniforme: se pueden distinguir dos tipos de fases cuando se da, de forma que en unas se sueña y se mueven los ojos (las denominadas fases REM) y en otras se descansa profundamente, sin tener sueños (denominadas fases No REM). A lo largo de la vida del niño el sueño irá variando en el número de las fases que presenta, su duración y la distribución de las horas de descanso a lo largo del día. Lo normal es que entre las seis semanas y los siete meses de vida vayan desarrollando un patrón de sueño más o menos consolidado que posteriormente podrá seguir variando. El proceso de dormir es un hábito que requiere un aprendizaje.


Por qué se altera el hábito del sueño
La presencia de unos hábitos inadecuados (es decir, malas costumbres) son la causa de la mayoría de los trastornos del sueño, especialmente en los niños más pequeños, incluso de pocos meses. Los dos problemas más habituales son que al niño le cueste iniciar el sueño o bien los despertares nocturnos. En caso de no controlar estos cuadros de forma temprana, con el tiempo pueden llegar a convertirse en un problema, presentando el niño un sueño muy superficial y poco estructurado durante su infancia temprana. En los casos más complicados el niño puede llegar a necesitar la presencia obligada de los padres para poder dormirse, o incluso despertarse numerosas veces todas las noches.

Cómo adquirir hábitos saludables de sueño
Se deben evitar fármacos o preparados que favorezcan el sueño. Pueden ser perjudiciales para el niño sino y además no crean el hábito adecuado, por lo que sólo actúan de manera transitoria sin resolver el problema. Mucho más útiles son determinadas conductas de los padres, que es fundamental que se muestren tranquilos y seguros ante el niño. Esta actitud transmite seguridad y confianza incluso a los lactantes y ayuda a que se relajen con mayor facilidad y esto favorece la aparición del sueño.

Instaurar rutinas como cantar una canción o contar un cuento en los 10 ó 20 minutos previos a acostar al niño, hacen que este vaya adquiriendo la asociación entre dicha rutina y la hora de dormir, y la transición sea más suave. Con esto lo que hacemos es crear un ambiente de relajación que favorezca el sueño y su finalidad no es dormir completamente al niño, esto ha de lograrlo él solo sin la presencia de los padres. En caso de que el niño se duerma siempre con los padres delante hará que cuando se despierte a medianoche reclame su presencia para volver a dormirse. A veces son determinados elementos u objetos los que transmiten esa sensación de tranquilidad, seguridad y relajación. Estos pueden ser un peluche, el chupete o incluso una luz o una lámpara pequeña, que le pueden acompañar toda la noche, pues estarán ahí si se despierta y le transmitirán seguridad y relajación.

Por lo tanto los padres deben abandonar el cuarto del niño mientras está aún despierto: si el niño se despierta durante la noche, normalmente reclamará las mismas circunstancias que estaban presentes en el cuarto cuando se durmió, de manera que si se duerme solo, sin la presencia de los padres, normalmente volverá a hacerlo si se despierta a mitad de la noche. En caso de que el niño se despierte y llore lo ideal es esperar unos minutos antes de acudir a la habitación, con la finalidad de que el niño poco a poco se acostumbre a relajarse o incluso llegue a dormirse de nuevo de forma espontánea. Esto, con el tiempo, le facilitará recuperar el sueño sin acudir a consolarle. Es una medida que requiere tiempo y mucha fuerza de voluntad pero que suele dar resultados duraderos.

Cómo prevenir la aparición de insomnio
No es aconsejable utilizar la comida o el biberón para inducir el sueño, pues si no el niño los reclamará de nuevo cuando se despierte a media noche, aunque no tenga hambre: es el riesgo de la adopción de rutinas para hacerle dormir, el niño las reclamará de nuevo si se despierta. También es recomendable evitar los cambios de pañales por la noche salvo que sea necesario y llore porque está incómodo, con el fin de no interrumpir el sueño del lactante. Otro aspecto importante es el de las siestas diurnas: son recomendables, pero no en alto número ni muy prolongadas. Cada niño necesita dormir una cantidad de tiempo distinta, pero existe una clara relación entre las siestas muy prolongadas o numerosas y los despertares frecuentes nocturnos.

La llamada angustia de separación (que se produce al dejar de dormir el niño con los padres) ocurre entre los 6 y los 18 meses aproximadamente. Por lo tanto es recomendable que el niño deje de dormir con los padres fuera de esa época (puede ser incluso antes de esa edad). Y salvo circunstancias concretas, como por ejemplo que el niño esté malo (pues se suelen despertar mucho con la fiebre), conviene no acudir a dormir con él de forma habitual.

La rutina previa a ir a la cama debe ser agradable, tanto más cuanto más pequeño sea el niño: ayudan las canciones suaves o los cuentos en voz baja, y se debe evitar tener la televisión puesta o poner música o la radio a volumen altos, aunque sean en otra habitación, pues pueden romper ese ambiente de relax y estimular al niño. En todo caso, nunca se debe mostrar mal humor ni carácter imperativo, y mucho menos impaciencia porque el niño se duerma en los días en que esto cueste. Es mejor crear un ambiente tranquilo y abandonar la habitación cuando el niño aún esté despierto que esperar impacientemente a que se duerma del todo.

En cuanto a la hora de ir a dormir lo ideal es crear un horario con cierta flexibilidad pero que se respete salvo causa de fuerza mayor. Así, en invierno es más fácil que los bebés se duerman entre las 20 y las 20.30; y en verano, sobre las 20.30 – 21 horas. No pasa nada por incumplir el horario de forma puntual en caso de necesidad o en ocasiones muy concretas, pero si se convierte en costumbre luego costará mucho tiempo recuperarlo de nuevo.

Lo importante es no desesperarse, no cambiar los hábitos con frecuencia o intentar soluciones «milagrosas» como determinadas infusiones o fármacos inductores del sueño. Probablemente no solucionen el problema e incluso algunos puedan tener algún efecto adverso serio que es mejor evitar. En caso de duda y de que el cuadro persista, siempre se debe consultar con el pediatra o con un psicólogo infantil. En los trastornos del sueño de los más pequeños lo más efectivo es la adquisición de unos hábitos correctos, enormes dosis de paciencia y un asesoramiento médico adecuado.

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