Discapacidad intelectual o del aprendizaje en niños (retraso mental)

打印El a veces mal denominado «retraso mental», también conocido como discapacidad intelectual o discapacidad del aprendizaje, es un trastorno que engloba un amplio conjunto de procesos, enfermedades o déficits que desembocan en un funcionamiento intelectual inferior al esperado o a la media de los niños de la edad del niño que lo padece.

Es importante tener en cuenta que el funcionamiento intelectual se puede medir por el cociente de inteligencia, pero esta no siempre es una medición igual de válida en todos los niños por lo que se deben valorar otras capacidades como la capacidad de adaptación del niño al entorno. Esta capacidad de adaptación es la que permite al niño desenvolverse de forma adecuada en su entorno en todos los ámbitos: relaciones sociales, juegos, lenguaje, capacidad de autocuidarse, etc. Por eso es un buen medidor de la capacidad intelectual del niño y de si este presenta algún tipo de retraso o discordancia con el resto de sus compañeros. Actualmente se tienden a usar términos como «discapacidad de aprendizaje» ya que el término «retraso mental» está en discusión por las connotaciones negativas que puede acarrear.

Es un proceso que puede al 2% de la población infantil pero que puede pasar desapercibido ya que la mayoría de los casos son leves, difíciles de percibir y por tanto complicados de diagnosticar, con el agravante de que se pueden confundir con otros procesos como el autismo. Por eso a veces se logra el diagnóstico en niños algo que ya tienen ocho o nueve años de edad. Los casos graves son menos frecuentes pero más fáciles de diagnosticar.

Por qué se produce Los casos leves suelen tener una base genética y muchas veces existe influencia de factores ambientales como pueden ser bajos recursos económicos o vivir en zonas con menor desarrollo. También influyen múltiples factores en el embarazo, el parto o los primeros años de vida. Los casos graves suelen ser consecuencia de problemas como malformaciones cerebrales congénitas. Otros son consecuencia directa del uso de drogas durante el embarazo o bien niños que han nacido muy prematuros y sufren daño cerebral en el momento del parto o durante sus primeras semanas de vida. Un número considerable de casos suelen tener afectación incluso dentro del útero.

Qué síntomas produce A veces los síntomas no son evidentes de forma inicial, pero en los primeros meses lo que suele suceder es que el niño no presenta una maduración y un desarrollo similares al resto de compañeros de edad. En los primeros meses de vida el niño responde más tarde y de forma más lenta a los estímulos sonoros, visuales y del lenguaje. También puede que tenga afectada la fuerza muscular (el denominado «tono muscular») de forma que tenga mayor o menor tono que el resto de los niños. Todo esto se explora en las consultas de seguimiento de niño sano.

Entre los seis y los dieciocho meses lo que más suele llamar la atención es el retraso para realizar movimientos o posturas como el sentarse o caminar, cuando otros niños de su edad ya lo hacen sin dificultad. Después de esa edad suelen llamar la atención los retrasos en la adquisición del lenguaje, tanto en la comprensión como en el habla, y en el comportamiento en general. Al inicio de la edad escolar es cuando suelen detectarse muchos de los casos.

Qué complicaciones puede presentar Además de las consecuencias que puede generar la discapacidad en sí, no es raro que los niños con discapacidad intelectual mental tengan otros procesos asociados. El problema reside en que el propio retraso hace más difícil la detección de estos procesos adicionales, lo que puede complicar su pronóstico. Además suelen estar relacionados con el grado de severidad del retraso mental, de forma que cuanto mayor es el retraso, mayores son las posibilidades de encontrar procesos asociados. Entre los más frecuentes están las alteraciones de la visión y la audición, los trastornos del comportamiento, la epilepsia u otros síndromes. Cómo se diagnostica Es fundamental que el diagnóstico sea lo más precoz posible ya que permite orientar el tratamiento del niño, determinar sus posibilidades y además ayuda a los padres ya que la incertidumbre o la sospecha suelen generar mayor ansiedad que la aceptación del diagnóstico. A veces lo que llama la atención de los padres o del pediatra es la presencia de rasgos faciales o corporales que semejan ciertos síndromes, como el de Down. Otras veces el niño presenta un cuadro de convulsiones o de autismo que pone de manifiesto el retraso mental. Las revisiones de niño sano en consulta del pediatra sirven para valorar estos posibles retrasos aunque muchos de ellos son leves y requieren que los padres o los cuidadores manifiesten su preocupación al comparar el niño con otros de su entorno.

Se suelen hacer pruebas que intentan confirmar el diagnóstico y determinar el posible origen del proceso de retraso para ver si es posible actuar sobre él. Entre las más frecuentes están las de imagen (TAC, resonancias), los electroencefalogramas (EEG) y las analíticas de sangre que intentan valorar distintas alteraciones, algunas de ellas relacionadas con el metabolismo. Estas pruebas se enfocan en función del niño, la forma de aparición del retraso, la historia, la exploración y los síntomas acompañantes que pueda haber, por lo que no siempre estarán indicadas todas ni ofrecerán los mismos resultados o rendimiento en todos los niños.

En algunos casos será útil el estudio genético, sobre todo si existen antecedentes de determinadas enfermedades en la familia o si los padres desean tener más hijos. Normalmente el diagnóstico se realiza mediante el uso de ciertas escalas que valoran la inteligencia y la capacidad adaptativa del niño. Entre las más usadas están la de Bayley (inteligencia), Wechsler (capacidad psicológica) ó la Vineland (capacidad adaptativa). Suelen tener programas específicos para determinados grupos de edad.

Ante un cuadro de sospecha el pediatra tratará de descartar procesos que pueden simular o parecerse a este cuadro. A veces el niño lo que tiene son defectos de audición o visión que le condicionan el que parezca que no adquiere desarrollo a un ritmo adecuado. Incluso ciertos tipos de epilepsia graves pueden simular un retraso mental si no están bien tratados, ya que entorpecen la capacidad del niño para desarrollarse. En el autismo el niño tiene problemas con su capacidad comunicativa y de relación con su entorno, lo que también puede condicionar que pueda ser confundido con este cuadro.

Cómo se trata En muchos casos la discapacidad en sí no suele tener tratamiento, pero el niño se suele beneficiar del apoyo y el tratamiento de los síntomas, trastornos u otros procesos que puedan estar asociados al cuadro principal de retraso. Cuando el niño presenta problemas en la conducta o en las relaciones sociales puede beneficiarse de tratamiento psicológico y apoyo familiar de forma que se consiga una mayor y más fácil integración en su entorno cercano. A veces estos niños asocian cuadros de depresión o ansiedad con mayor facilidad que el resto. Estos cuadros deben ser detectados y tratados con la mayor precocidad posible con el fin de que le eviten problemas de integración mayores.

En el tratamiento de esta patología es importante que los padres y la familia se impliquen de forma especial dado que cuanto más global sea el tratamiento mejor pronóstico tendrá el niño, en función de su grado de retraso. Por eso es importante tener un pediatra de referencia al que se visite de forma periódica, que el niño sea evaluado con periodicidad para conocer su evolución y sus expectativas reales, así como sus necesidades, que pueden cambiar con el tiempo. Es fundamental que la familia cuente con apoyo y asesoramiento, así como la ayuda de ciertos servicios educativos especiales que puedan apoyar el tratamiento del niño.

Si es posible el niño debe integrarse lo máximo posible en su entorno social, asistiendo a la escuela (normal o especial) y participando en programas de juegos, deportes y actividades con otros niños, en función de sus posibilidades. Con esto se fomenta la integración social, el desarrollo de capacidades y la no ganancia de peso por inactividad.

Qué pronóstico tiene Los casos graves no tienen buen pronóstico en general. Los leves dependerán mucho de la afectación, del tratamiento precoz y de la evolución que esta sufra. No es raro que con el tiempo y el adecuado apoyo un niño con retraso mental leve termine teniendo afectada sólo una capacidad concreta, como el lenguaje. Algunos casos leves con afectación moderada de una capacidad pueden empeorar debido a las limitaciones que impone la alteración de esa capacidad. Pero en general la mayoría se estabiliza en la adolescencia. La evolución en general depende de muchos factores, como el grado de retraso, los problemas asociados y el apoyo que reciba el niño. Generalmente los graves necesitan tratamiento y soporte durante toda su vida. Los moderados dependen de cierta ayuda y los leves pueden llegar a desenvolverse de forma más o menos satisfactoria en el entorno real, por sí solos.

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