Cómo tratar la fiebre en niños. Qué hacer… y qué evitar hacer.

La fiebre en los niños es el aumento de temperatura que se suele producir por una causa patológica, en la mayoría de los casos una infección. Aunque siempre debe ser evaluada por un profesional, en muchos casos su origen reside en cuadros infecciosos leves, sobre todo virales. Sin embargo, suele ser causa de alarma. Por eso es importante saber, una vez evaluado el niño por un profesional, cómo tratarla en casa para no incurrir en un exceso o en un defecto de tratamiento de un síntoma que, de por sí, no tiene que producir problemas más allá de la sensación de malestar que genera. Entonces, ¿cómo se trata?

Lo primero es saber que la fiebre suele ser bastante bien tolerada por los niños, sobre todo los de menor edad, aunque eso sí, genera sensación de malestar y por eso es recomendable su tratamiento. Cuando se presenta —y siempre que no existan signos de alerta—, la primera actuación debería consistir en aplicar medidas físicas que ayuden a descender la temperatura. Por ejemplo, desabrigar parcialmente al niño y mantenerlo en un ambiente térmico confortable (alrededor de los 22ºC, en función de factores como la época del año o la humedad). También es recomendable que ingieran líquidos, para evitar la deshidratación por el calor y el sudor. Y por último, el empleo de baños en agua templada, es decir, a unos 34ºC, durante unos 15 o 20 minutos, ya que reducen el malestar físico.

Hay casos en los que las medidas físicas no son suficientes, y por eso se recurre al uso de medicamentos para la fiebre. Aunque estos deberían ser una alternativa a las medidas físicas, es habitual que se utilicen desde el inicio del cuadro. Por eso es bueno conocer una serie de aspectos relacionados con ellos. El primero, que los medicamentos para la fiebre, como el paracetamol o el ibuprofeno, suelen tener un efecto modesto, es decir, su objetivo en realidad no es quitar la fiebre, sino descender la temperatura entre 0,5 y 1ºC. También es importante conocer que, salvo preparados como los de ibuprofeno con lisina, que son más rápidos, su efecto suele aparecer unos 30-60 minutos después de haberlos administrado.

De estos dos medicamentos, el de referencia debería ser el paracetamol en jarabe, es decir, administrado por boca. La dosis es de unos 10 a 15 mg por kilo de peso del niño, en cada dosis. Y las dosis se pueden repetir cada 6 horas, hasta un máximo de 4-5 dosis diarias. El mayor problema del paracetamol reside en que, como su sabor es amargo, muchos niños lo rechazan y por tanto los padres optan por no darlo, prefiriendo alternativas como el propio paracetamol por vía rectal, en forma de supositorios, cuya absorción es más errática y difícil de estimar, por lo que se suelen usar dosis más altas (y por lo tanto, con potencial mayor riesgo).

La alternativa al paracetamol es el ibuprofeno, un medicamento bastante mejor aceptado porque su sabor es más agradable y porque posee efecto antiinflamatorio, sobre todo si se usa a dosis elevadas. Sin embargo, posee efectos secundarios como la posibilidad de causar dolor abdominal o incluso hemorragias. La dosis recomendada de ibuprofeno es de unos 10 mg por kilo de peso del niño, en cada dosis. Y estas se pueden repetir cada 6 horas.

Lo ideal sería utilizar uno solo de estos medicamentos, ya que el uso combinado de los dos no ha demostrado, en ninguno de los estudios realizados, que produzcan mejores resultados que usando solo uno. Y sin embargo, sí que puede aumentar el riesgo de padecer sus efectos secundarios. Eso sí, en caso de sospechar que el niño no responde al tratamiento o que pudiera empeorar, se debe consultar siempre de nuevo a un profesional.

¿Y qué es lo que NO se debe hacer?
—Nunca se deben utilizar las «friegas» con alcohol para bajar la temperatura, ya que el niño puede inhalarlo y producirse una intoxicación etílica, similar a la de los adultos.

—No bañar al niño en agua fría, pues aparte de que genera malestar, solo se reduce la temperatura de la piel, y aumenta la temperatura central, es decir, la del interior del cuerpo, como intento de compensación. Resultado: aumentará la temperatura del niño.

—Pensar que los medicamentos antitérmicos no son efectivos porque tardan en hacer efecto, o bien porque no logran descender la temperatura a valores normales. Este no es su objetivo, aunque en muchos casos es cierto que lo logran. Estas confusiones pueden generar una sobredosificación por sobreutilización, y esto a su vez conllevar a un aumento del riesgo de aparición de efectos secundarios.

—Administrar un medicamento a un niño sin haber consultado antes a un profesional sanitario y sin haber leído antes el prospecto para conocer cómo se usa y qué hay que vigilar, si se utiliza.

—Por usar medicamentos o bien porque la fiebre parezca descender, dejar de vigilar la posible aparición de signos de alerta (mal estado general, mal color de piel o petequias) o de complicaciones. En estos casos se debe consultar, sin demora, en un servicio de Urgencias.

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